Hace unas dos semanas murió el abuelito del Nico, el tata Berna, en cuya casa viven desde hace unos 15 años el Nico y su familia. Al principio me daba tanta pena la situación de vigilia de su familia, que pasaban todas las noches en vela haciendo turnos para cuidarlo, porque su enfermedad le daba síntomas muy desagradables. Pero después, cuando ya partió, a pesar de las lágrimas de todos no podía dejar de sentirme contenta por la perfecta despedida que tuvo el tata Berna. Primero, como una semana antes de su partida, la casa se empezó a llenar de familiares del sur, que rezaban y cantaban todos los días. Todos se acomodaban como podían para dormir entre turnos en las noches. En el día se cocinaba una olla enorme de comida para alimentar a todos esos visitantes. Los tarros de café se multiplicaban cada día. La hija menor del tata dejó su casa y se instaló a su lado sin que nadie pudiera moverla. El día de su partida definitivamente la casa ocupó cada uno de sus espacios para recibir a las personas que querían despedirlo. Comenzaron a llegar coronas de flores una tras otra. El día del funeral yo estaba realmente sorprendida por la cantidad de gente que fue. En una capilla de peñalolén docenas de personas se reunían para darle el adiós al tata berna, y uno de sus hijos le dedicaba palabras conmovedoras sobre las importantes enseñanzas que el tata Berna dejó para sus hijos y nietos. Después, en el cementerio, no dejaba de aparecer gente. Incluso usaron una micro para llevar más personas.
Al momento del entierro, sus familiares más cercanos pusieron sobre su cuerpo cada uno una rosa, siendo la última en despedirse su esposa, la mami Erna. Era la despedida perfecta, envidiable.
viernes, julio 14, 2006
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